RICARDO GÜIRALDES POEMAS -ARGENTINO

NOVELISTA Y POETA.

Los poemas de Ricardo Güiraldes expresan su naturaleza y su amor al viaje. No sólo escribió poesía, además fue un novelista. Él traía el amor al arte que heredó de su padre Manuel Güiraldes, quien era muy culto y tenía pasión por el arte. Su madre fue Dolores Goñi, fundadora de San Antonio de Arce. Ricardo nació 13 13 de febrero de 1886 en Buenos Aires y se despidió del mundo el 8 de octubre de 1927 en París. Se caso en 1913 con Adelina del Carril.

Ricardo Güiraldes le gustaba el dibujo y la pintura al óleo. Los primeros años de su infancia los paso en Europa. Aprendió alemán y frances. En 1910 regresa a Europa con un amigo y hace varios viajes: La India, Japón, Rusia, Oriente próximo, España y en París acompañado con el escultor Alberto Lagos es donde toma seriamente volverse escritor.

Si gusta saber más sobre su vida lo puede hacer aquí: RICARDO GÜIRALDES

POEMAS DE RICARDO GÜIRALDES.

PASEO

De Río a Copacabana.
Se dispara sobre impecable asfalto,
se agujerea una montaña y se redispara,
en herradura, costeando océano
y venteándose de marisco.
El mar alinea paralelas blancas con calmos siseos.
El cielo está siempre clavado al techo,
por sus estrellas;
los morros fabrican horizontes de montaña rusa…
Y la luna calavereando.

POETA ARGENTINO- RICARDO GÜIRALDES
RICARDO GÜIRALDES

VIAJAR.

Asimilar horizontes. ¿Qué importa si el mundo
es plano o redondo?
Imaginarse como disgregado en la atmósfera,
que lo abraza todo.
Crear visiones de lugares venideros y saber
que siempre serán lejanos,
inalcanzables como todo ideal.
Huir lo viejo.
Mirar el filo que corta una agua espumosa
y pesada.
Arrancarse de lo conocido.
Beber lo que viene.
Tener alma de proa.

PROA.

Hace mar fuerte…fuerte…
Los egocultores decimos así a lo
que nos vence y no es el caso.
El mar arrea cordilleras renovadas,
que columpian al vapor
en cuya proa frenetizo de borrasca.
Busco una metáfora pluriforme
e inmensa; algo como fijar el alma
caótica,que se empenacha de pedrería.
¿Cómo decir?…Mar…mar…y mientras
insuflo el cráneo de espacio
para cantarle mi visión, el insolente
me escupió la cara.

VERANO.

Buenos Aires. Calle Santa Fe en el 900. Diciembre.
La casa abierta, respirando de noche,
todo apagado dentro.
Cielo, implacablemente estrellado, cuyo azul
de zafiro australiano se aleja,
por obra del aturdimiento luminoso que mandan
a los ojos los focos eléctricos.
De tiempo en tiempo, coches pasan,
en rectilíneos destinos.
En la acera de enfrente, una madre aparea
la obesidad de su flácido descanso
a las epidérmicas lasitudes de su hija,
que corre mano distraída sobre su muslo,
apenas suavizado por un batón rosa.
El reflejo de los focos se aplasta,
extendido contra el asfalto.
Caballito, caballito que llevas el fiacre vacío,
pareces un cuento,
infantil,
de madera.

TENGO MIEDO DE MIRAR MI DOLOR

Tengo miedo de mirar mi dolor.
No vaya a ser que me quede demasiado grande.
Prefiero calzar mi debe como una valentía de espuelas
e hincando mi pereza, que quisiera morir
cobardemente, andar con frente firme ante la
pampa yerma del dolor de los otros.
Sólo así quiero merecer.

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