POEMAS DE JUAN RAMÓN MOLINA – HONDUREÑO.

EL ESCRITOR HONDUREÑO MÁS UNIVERSAL.

Juan Ramón Molina es uno de los grandes exponentes del modernismo en Centroamérica. La calidad de su obra lo eleva al escritor hondureño más universal. Conoció a los poetas Froylan Turcios, Fausto Dávila y a Rubén Darío, quien lo influyó. Admiro a William Shakespeare y dedicó varios sonetos “El rey Lear”, “Ofelia”, “Yago”, etc.
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Juan Ramón Molina nació el 17 de abril de 1872 en Comayagüela, Honduras. partió de este mundo el 2 de noviembre de 1908 en San Salvador, El Salvador.

Si gusta saber más de este gran poeta hondureño hágalo aquí: Juan R. Molina.

POEMAS DE AMOR DE JUAN RAMÓN MOLINA.

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OJOS NEGROS.

Juan Ramon Molina - poeta de Honduras
Juan Ramon Molina

Ojos terribles y puros
que me lanzáis el reproche,
ojos que sois cual la noche,
que sois cual la noche obscuros,
ojos que miráis seguros
luz derramando en derroche;
plegando los párpados, broche
de esos radiantes luceros,
no me miréis tan severos,
ojos que sois cual la noche.

Ojos que de extraña suerte
me hacéis vivir o morir;
ojos que me dais vivir
para causarme la muerte,
en vano pretendo fuerte,
vuestro yugo sacudir;
¡ya no puedo resistir
esta esclavitud amada!
¡matadme de una mirada
ojos que me hacéis vivir!

Ojos que lanzáis centellas
para ofuscarse ellos mismos;
ojos que sois dos abismos
donde brillan dos estrellas;
ojos de pupilas bellas
y de extraños magnetismos,
¡por obscuros fatalismos
que no acierto a explicar,
os vuelvo siempre a mirar,
ojos que sois dos abismos!

Si por volveros a ver
me causáis penas mortales,
ojos que sois dos puñales,
víctima vuestra he de ser,
¡no me importa padecer
sufrimientos eternales
si las causas principales
de mis penas merecidas
serán vuestras mil heridas,
ojos que sois dos puñales!

OTROS POEMAS DE JUAN RAMÓN MOLINA.

FUE MI NIÑEZ COMO UN JARDÍN RISUEÑO

Fue mi niñez como un jardín risueño,


donde a los goces de mi edad esquivo,


presa ya de la fiebre del ensueño


vague dolientemente pensativo.



 

Sentí en el alma un natural deseo


de cantar a la orilla del camino


halle una lira no cual la de Orfeo


y obedezco el mandato del destino.



Al mirarme al espejo, ¡cuán cambiado


estoy! no me conozco ni yo mismo


tengo los ojos de mirar cansado


algo del miedo del que ve un abismo.

EL JARDÍN

Cuelgan racimos de adorables pomas,


negras uvas en gajos tentadores,


fingiendo los alegres surtidores


un murmullo de besos y de bromas.

 



Dormitan en las ramas las palomas
l

os buches esponjando arrulladores,


y el capitoso aliento de las flores


unge el follaje y el parral de aromas.

 



Un sol ardiente esparce sus madejas


de luz, sobre el jardín; y las abejas


un vals preludian, áspero y sonoro.



 

Bailan las mariposas deslumbrantes,


y picotean pájaros brillantes


unas naranjas que parecen de oro.

DESPUÉS QUE MUERA.

Tal vez moriré joven… Los amigos


me vestirán de negro,


y entre dolientes y llorosos cirios


de pálidos reflejos,

colocarán con cuidadosas manos


mi ya rígido cuerpo,


poniendo mi cabeza en la almohada,


mis manos sobre el pecho.

LA ARAÑA.

Ved con qué natural sabidurí

a
las finas hebras a las hojas ata,


y una red teje de fulgor de plata


que la infeliz Aracne envidiaría.



 

Mas si el viento soplante con porfía


la prodigiosa tela desbarata,


vuelve otra vez a su labor ingrata,


y una malla más tenue alumbra el día.



 

Hombre, que tus empresas no coronas


porque al primer fracaso o desperfecto


a un estéril desmayo te abandonas;

 



ten de tu vida y tu vigor conciencia,


y aprende al ver el triunfo de ese insecto


una lección sublime de paciencia.

ANHELO.

¡Viviese yo en los tiempos esforzados


de amores, de conquistas y de guerras,


en que frailes, bandidos y soldados


a través de los mares irritados

iban en busca de remotas tierras.



 

No en esta triste edad en que desmaya


todo anhelo –encumbrado como un monte–


y en que poniendo mi ambición a raya


herido y solo me quedé en la playa


viendo el límite azul del horizonte!

ANHELO NOCTURNO.

La lluvia su monótona charla dice afuera.


La puerta de mi cuarto por fin está cerrada.


Quizás en esta noche no grite mi quimera


y goce del olvido profundo de la almohada.



 

¡Hace ya tanto tiempo que en reposar me empeño,


como si me turbara la fiebre del delito,


que mis ojos enclavo —de los que huyera el sueño—


en la siniestra esfinge del lúgubre infinito!



 

Mas hoy todos los seres me han parecido buenos,


el cielo azul brindome su calma vespertina,


y —libre de pecados y libre de venenos—


purifiqué mi cuerpo en agua cristalina.



 

Quiero la paz aquella de la primer mañana


cuando, en el seno de Eva, tranquilo e inocente,


Adán durmió, al arrullo de amor de la fontana,


ajeno a las promesas de la sutil serpiente.



 

Un nirvana sin término, letárgico y profundo,


en el que olvide todas mis dichas y mis males,


la secreta congoja de haber venido al mundo


a resolver enigmas y problemas fatales.



 

Ser del todo insensible como la dura piedra,


y no tallado en una doliente carne viva


de nervios y de músculos. O ser como la hiedra


que extiende sus tentáculos de manera instintiva.



 

No como el pobre bruto del llano y de la cumbre


sujeto a la ley ciega de inexorable sino,


que en sus miradas tiene la enorme pesadumbre


de todo aquel que encuentra muy bajo su destino.



 

Así gozar quisiera de imperturbable sueño


cuando la noche baja de los cielos lejanos.


Estrellas: derramadme vuestro letal beleño.


Arcángeles: mecedme con vuestras leves manos.



 

Para que mi mañana florezca como rosa


de mayo, exuberante de vida y de fragancia,


y la tierra contemple, jocunda y luminosa,


con los tranquilos ojos con que la vi en la infancia.

EL POEMA MÁS DESTACADO DE JUAN RAMÓN MOLINA.

A LOS POETAS BRASILEROS.

Con una gran fanfarria de roncos olifantes,


con versos que imitasen un trote de elefantes


en una vasta selva de la India ecuatorial,


quisiera saludaros -hermanos en el duelo-


en las exploraciones por la tierra y el cielo,


en el martirologio de los circos del mal.



 

Mi Pegaso conoce los azules espacios.


Su cola es un cometa, sus ojos son topacios,


el rubio Apolo y Marte cabalgarían en él;


relinchará en los céspedes de vuestro bosque umbrío,


se abrevará en las aguas de vuestro sacro río,


y dormirá a la sombra de vuestro gran laurel!



 

Venir pude en la concha de Venus Citerea,


sobre el áspero lomo del león de Nemea,


en el ave de Júpiter o en un fiero dragón;


en la camella blanca de una reina de Oriente,


en el cuerpo ondulante de una alada serpiente,


a bordo de la lírica galera de Jasón.



 

O en la fornida espalda de un genio misterioso,


o envuelto en la vorágine de un viento proceloso,


o de una negra nube en el glacial capuz;


en la marea argentina de una luna de mayo,


asido del relámpago flamígero de un rayo,


o con los duendes gárrulos que juegan en la luz.



 

Mas en Pegaso vine desde remotos climas,


señor, príncipe, rey o emperador de rimas


sobre el confuso trueno del piélago febril:



 

¡Salve al coro de Anfiones de estas tierras fragantes!


¡A todos los orfeos del país de los diamantes!


¡A todos los que pulsan su lira en el Brasil!

 



Tal digo, hermanos míos en la prosapia ibérica.


Saludemos la gloria futura de la América,


que todas las espigas se junten en un haz.


Unamos nuestras liras y nuestros corazones,


que ha llegado el crepúsculo de las anunciaciones,


para que baje el ángel de la celeste paz!



 

Augurio de ese día se ve en el horizonte.


Hoy tres aves volaron desde un florido monte;


yo las miré perderse en el naciente albor:


un cóndor –que es el símbolo de la fuerza bravía–


un búho –que es el símbolo de la sabiduría–


y una paloma cándida –símbolo del amor–.



 

Dijo el Cóndor, gritando: la unión da la victoria,


el búho, en un silbido: el saber da la gloria,


la paloma, en su arrullo: el amor da la fe.


Yo –que escruto el enigma de nuestro gran destino–


ante el casual augurio del cielo matutino


siguiendo los tres pájaros en éxtasis quedé.



 

Pero Pegaso aguarda. Sobre su fuerte lomo


gallardamente salto en un instante, como


el Cid sobre Babieca. Me voy hacia el azur.


¿Acaso os interesa mi suerte misteriosa?


¡Buscadme en mi magnífico palacio de la Osa,


o en mi torre de oro, junto a la Cruz del Sur!

EL POEMA QUE JUAN RAMÓN MOLINA DEDICO A UN GRAN POETA.

A RUBÉN DARÍO.

I



Amo tu clara gloria como si fuera mía,


de Anadiomena engendro y Apolo Musageta,


nacido en una Lesbos de luz y poesía


donde las nueve musas ungiéronte poeta.

 



Grecia en los astros de oro tu nombre grabaría;


en ti, el pagano numen renace y se completa;


mas —con los ojos fijos de Jesús en la meta—


gozas el pan y el vino de tu melancolía.



 

El águila de Esquilo te regaló su pluma,


el pájaro de Poe lo vago de su bruma,


el ave columbina su corazón de miel.



 

Anacreón sus mirtos, azucenas y rosas,


Ovidio el misterioso secreto de las cosas,


Pitágoras su ritmo y Scopas su cincel.



 

II



Liróforo de triste mirada penetrante


que al son órfico ajustas la gama de los seres,


que sabes los secretos pristinos del diamante


y conoces el alma sutil de las mujeres.



 

Délfico augur, hermético y sacro hierofante


que oficias en el culto prolífico de Ceres,


que azuzas de tus metros la tropa galopante


sobre la playa lírica y argéntea de Citeres;



 

tu grey bala en las églogas del inmortal idilio,


tu pífano melódico fue el que tocó Virgilio


en la mañana antigua, de alondras y de luz;



 

tu azur es el radioso zafir del mito heleno,


tu trueno wagneriano el olímpico trueno


¡y tu congoja lúgubre la que gritó en la cruz!



 

III



Es hora ya que suenen tus líricos clarines


saludando el venir de la futura aurora


de paz. A los cruzados y nobles paladines


que hacen temblar la tierra; es la propicia hora.

 



Tu lira pon al cuello de la pujante prora,


para que así nos sigan sirenas y delfines;


y que tus versos muestren su espada vengadora


asida por los dedos de airados serafines.



Verbo de anunciaciones de nuestro Continente,


vate proteico, noble, magnífico y vidente,


que tiene de paloma, de abeja y de león;

 



la gloria te reserva su más ilustre lauro:


humillar la soberbia del rubio minotauro


como el divino Jorge la testa del dragón.

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