ALFREDO ESPINO – POEMAS SALVADOREÑO.

UN POETA CON UNA IMAGINACIÓN HERMOSA.

Edgardo Alfredo Espino Najarro fue un talentoso poeta salvadoreño. JÍCARAS TRISTES fue su legado al mundo. Su estilo sencillo y claro, rico en imaginación como lo demuestra los poemas: El árbol de fuego, Eran mares los Cañales, El nido, etc.

Nació el 8 de enero de 1900 en Ahuachapán y partió tristemente en San Salvador el 24 de mayo de 1928. Sus padres fueron profesores y poetas, obviamente eso influyo en su amor a la poesía.

Estudio Jurisprudencia en la Universidad de El Salvador. Publicó obras literarias en diferentes medios. Desgraciadamente vivía en conflicto con sus padres que no le dejaban casarse con quien él quería, lo cual lo llevo a crisis emocionales, cayo en el alcohol y termino con su propia vida.

Si quiere saber más de él hazlo aquí.

POEMAS DE AMOR DE ALFREDO ESPINO.

UN RANCHO Y UN LUCERO.

Un día ¡primero Dios!
has de quererme un poquito.
Yo levantaré el ranchito
en que vivamos los dos.

¿Que más pedir? Con tu amor,
mi rancho, un árbol, un perro,
y enfrente el cielo y el cerro
y el cafetalito en flor…

Y entre aroma de saúcos,
un zenzontle que cantará
y una poza que copiará
pajaritos y bejucos.

Lo que los pobres queremos,
lo que los pobres amamos,
eso que tanto adoramos
porque es lo que no tenemos…

ALFREDO ESPINO. POETA SALVADOREÑO.
ALFREDO ESPINO.

Con sólo eso, vida mía;
con sólo eso:
con mi verso, con tu beso,
lo demás nos sobraría…

Porque no hay nada mejor
que un monte, un rancho, un lucero,
cuando se tiene un “Te quiero”
y huele a sendas en flor…

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VIAJE ROMANTICO.

Los dos bajo la lumbre del día caluriento.
Qué alegre compañía la tuya y la del sol…
Y tan cerquita vamos uno de otro, que siento
la tentación fragante de tu suave arrebol…

Tú me miras; yo sueño que estoy viviendo un cuento…
y mi sueño interrumpe la voz del caracol;
y al horadar las sedas impalpables del viento,
las chiltotas que pasan son flechas tornasol…

Y nosotros seguimos… la vida está sonriente.
Mas luego, entre verdores, columbramos el puente,
y los naranjos rubios, y el palomar de tabla…

Y al cogerte las manos, quisiera que quisieras
que el puente no acabara, para que así supieras
lo que mi mano dice cuando en silencio te habla.

CUANDO PASAS…

¡Ya vienes! Ya tinta, agonizante,
como entre el cierzo pajarillo enfermo,
allá en su muda soledad de yermo,
¡mi corazón amante!

¡Ya vienes! ¡Tengo miedo! ¡Tengo frío!
Me mata tu glacial indiferencia.
Sin embargo, lo grita mi conciencia:
¡Te quiero, aunque me mate tu desvío!

¡Si no quiero creer en tus enojos!
¡Háblame, con la flauta de tu acento!
¡Que me arrulle tu voz —rumor de viento!—
¡Que me alumbre la lumbre de tus ojos!

Si pasas, tú te quedas, sin embargo,
flotando entre la sombra de mi pena.
Siempre hará tu memoria —blanca y buena—
¡más dulce este calvario tan amargo!

Ya sin mi fe, que marchitarse veo,
me has de encontrar entre el mundano ruido,
frío, como la nieve del olvido!,
¡mudo, como las aguas del Leteo!

POEMAS CON VÍVIDA IMAGINACIÓN DE ALFREDO ESPINO.

ÀRBOL DE FUEGO.

Son tan vivos los rubores
de tus flores, raro amigo,
que yo a tus flores les digo:
“Corazones hechos flores”.

Y a pensar a veces llego:
Si este árbol labios se hiciera…
¡ah, cuánto beso naciera
de tantos labios de fuego…!

Amigo: qué lindos trajes
te ha regalado el Señor;
te prefirió con su amor
vistiendo de celajes…

Qué bueno el cielo contigo,
árbol de la tierra mía…
Con el alma te bendigo,
porque me das tu poesía…

Bajo un jardín de celajes,
al verte estuve creyendo
que ya el sol se estaba hundiendo
adentro de tus ramajes.

EL NIDO.

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,
en el hueco de un árbol, su nido matinal,
que el árbol amanece con música en el pecho,
como que si tuviera corazón musical.

Si el dulce pajarito por entre el hueco asoma,
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido, cantando, el corazón.

CAÑAL EN FLOR.

Eran mares los cañales
que yo contemplaba un día
(mi barca de fantasía
bogaba sobre esos mares).

El cañal no se enguirnalda
como los mares, de espumas;
sus flores más bien son plumas
sobre espadas de esmeralda…

Los vientos-niños perversos-
bajan desde las montañas,
y se oyen entre las cañas
como deshojando versos…

Mientras el hombre es infiel,
tan buenos son los cañales,
porque teniendo puñales,
se dejan robar la miel…

Y que triste la molienda
aunque vuela por la hacienda
de la alegría el tropel,
porque destrozan entrañas
los trapiches y las cañas…
¡Vierten lagrimas de miel!

ASCENSIÓN.

¡Dos alas!… ¿Quién tuviera dos alas para el vuelo?
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.
Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,
que si no fuera un mar, ¡Bien sería otro cielo!…

Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores…
¡Que pequeños los hombres! No llegan los rumores
de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante
con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante
de las malas pasiones… Lo rastrero no sube:
ésta cumbre es el reino del pájaro y la nube…

Aquí he visto una cosa muy dulce y extraña,
como es la de haber visto llorando una montaña…
el agua brota lenta, y en su remanso brilla la luz;
un ternerito viene, y luego se arrodilla
al borde del estanque, y al doblar la testuz,
por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz…

Y luego se oye un ruido por lomas y floresta,
como si una tormenta rodara por la cuesta:
animales que vienen con una fiebre extraña
a beberse las lágrimas que llora la montaña.

Va llegando la noche. Ya no se mira el mar.
Y que asco y que tristeza comenzar a bajar…

(¡Quién tuviera dos alas, dos alas para un vuelo!
Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido,
con el loco deseo de haberlas extendido
¡Sobre aquél mar dormido que parecía un cielo!)

Un río entre verdores se pierde a mis espaldas,
como un hilo de plata que enhebrara esmeraldas…

OTROS POEMAS DE ALFREDO ESPINO.

LAS MANOS DE MI MADRE.

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,
tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.
¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,
las que todo prodigan y nada me reclaman!
¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,
me sacan las espinas y se las clavan en ellas!

Para el ardor ingrato de recónditas penas,
no hay como la frescura de esas dos azucenas.
¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias
son dos milagros blancos apaciguando angustias!
Y cuando del destino me acosan las maldades,
son dos alas de paz sobre mis tempestades.

Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,
porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas.
Para el dolor, caricias; para el pesar, unción;
¡Son las únicas manos que tienen corazón!
(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:
aprended de blancuras en las manos maternas).

Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,
cuando tengo las alas de la ilusión caídas,
¡Las manos maternales aquí en mi pecho son
como dos alas quietas sobre mi corazón!
¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!
¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!


CONSUELO.

¡Cuán largas que son hoy! ¡Qué presurosas,
cuando a la lumbre del amor corrieron,
las gratas noches que en un tiempo fueron,
besos de luz, sobre jardín de rosas!…

¡ Qué pausadas ahora y silenciosas
las horas que hace poco florecieron
en jardines de notas que gimieron
como quejas de flautas cadenciosas!

En estas tristes noches de tu ausencia,
en que el cielo responde a mis querellas
llorando, en vez de lágrimas, estrellas,

en el cáliz de mi íntima esperanza,
el consuelo, con manos de clemencia,
¡deja caer sus perlas de bonanza!

QUEZALTEPEC.


La noche fue dantesca… En medio del mutismo
rompió de pronto el retumbar de un trueno…
Tropel de potros que rompiera el freno
y se lanzara, indómito, al abismo…

Un pálido fulgor de cataclismo,
al cielo que antes se mostró sereno,
siniestramente iluminó de lleno,
como si el cielo se incendiara él mismo…

Entre mil convulsiones de montaña
se abrió la roja y palpitante entraña
en esa amarga noche de penuria…

Y desde el cráter en la abierta herida
brotó la ardiente lava enfurecida
como un boa incendiando de lujuria.

ATLACATL.

Aquel indio Atlacatl con su figura
de recios bíceps y de pecho erguido,
y que en una leyenda hubiera sido
de un Hércules de bronce la escultura.

Pasó en la vida corno en la pavura
de virgen selva, un viento enfurecido.
Murió de pie, al igual que árbol herido
por el hacha de un rayo en la llanura…

Aquel indio Atlacatl, supo de amores,
que también en las rocas nacen flores
y un oleaje entre espumas se avasalla…

Y tal amor del indio indómito era
corno una florecida enredadera
sobre la desnudez de una muralla.

LA TÓRTOLA.

¡Cucú, cucú! ¿Estás gimiendo,
tórtola del arrozal?
¡Mirá que me estás haciendo
con tu cantar, mucho mal!

¡Cucú, cucú! EL caserío
se va llenando de calma,
¡y un naranjo y una palma
se están besando en el río…!

Cantarito que te llenas
con el agua del riachuelo:
¡Qué bello es mirar el cielo
bajo las tardes serenas!

Lirio del campo, morena
que hueles a leche y rosas:
¡Cómo el alma es tan dichosa
cuando la vida es serena…!

Entre sonrosadas galas
la tarde se va durmiendo.
Tórtola que está gimiendo:
¡Si eres madrigal con alas!


LOS POTROS.

Ya se acercan los potros; raudamente precisa
el grupo sus contornos de estética salvaje;
entre el pálido rosa del lánguido paisaje
corren desenfrenados, a la par de la brisa.

Los potros ya se acercan: mas lo hacen tan aprisa,
que parece volaran sobre el quieto paraje;
desplázanse los cascos en fantástico viaje
atrás dejando chozas de silueta imprecisa.

Huracanadamente por los llanos nativos,
van devorando leguas los potros fugitivos,
por burlar los afanes de inútil seguimiento;

como una sombra alada pasan ante nosotros,
y los recios gañanes, en fuga tras los potros,
describen con los lazos rúbricas en el viento…

LA MUCHACHITA PÁLIDA.

Aquella muchachita pálida que vivía
pidiendo una limosna, de mesón en mesón,
en el umbral la hallaron al despuntar el día,
con las manitas yertas y mudo el corazón.

Nadie sabe quien era ni de donde venía
su risa era una mueca de la desilusión.
Y estaba el sello amargo de la melancolía
perpetuado en dos hondas ojeras de carbón.

En las carnes humanas dejo el hambre sus rastros…
La miraron las nubes, lo supieron los astros…
El cielo llovió estrellas en la paz del suburbio

Nadie sabe quien era la muchachita pálida…
Entre tanto en la noche, la noche triste y cálida
arrastrando luceros sigue el arroyo turbio…

DESPUÉS DE LA LLUVIA.

Por las floridas barrancas
Pasó anoche el aguacero
Y amaneció el limonero
Llorando estrellitas blancas.

Andan perdidos cencerros
Entre frescos yerbazales,
Y pasan las invernales
Neblinas, borrando cerros.

 

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Si prefiere mitos hágalo aquí: ÍNDICE DE MITOS.

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